Bocetando personajes

Apenas unos trazos

Notas

La pareja de músicos

Las notas del invierno de Vivaldi resonaban en los pasillos del metro. Los ecos del violín ahogaban los pasos apresurados de los viajeros, que aminoraban el andar o se detenían al acercarse a los músicos.

Los dedos nudosos del anciano daban saltos en el mástil, de cuerda a cuerda, como una araña en una complicada danza de cortejo. El arco, furioso, gemía, crujía, luchaba subiendo y bajando frenéticamente.

El gesto serio y concentrado del violinista, con el ceño poblado de cejas blancas, y los labios apretados en una fina línea, contrastaba con la expresión de ella, a su lado, como siempre desde que ambos recordaran, mirándole embelesada, atenta a la melodía para pasar la página de la partitura.

Notas

El anciano fugitivo

Iba sentado en el tren mirando por la ventana. Sus ojos claros reflejaban el paisaje que discurría al otro lado.

Llevaba una camisa azul cielo desabrochada. En el bolsillo se podía leer “Hospital de La Princesa”. Sus pantalones de traje le quedaban demasiado anchos. En la muñeca, en el centro de un gran moratón, se podía ver una vía aún sujeta.

Tendría unos 80 años, se sabía por cada una de las arrugas de su frente, por cada una de las manchas de su piel, por cada una de las canas de su pecho medio descubierto.

  • Perdón, ¿el billete?… ehhhh ¿se encuentra bien? - dijo una voz.

Él no respondió, tenía sus propias preocupaciones, no tenía tiempo que perder.

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La camarera piadosa

La barra de la cafetería de la gasolinera era su territorio, su dominio. Ioana tenía 25 años, o eso ponía su pasaporte. Pero yo no la hubiera echado más de 13, al menos físicamente. Quizá por su extrema delgadez, quizá por su ausencia total de formas, sin culo, sin caderas, sin tetas.

Llevaba el pelo recogido en una coleta y una flor de plástico sujeta con una horquilla a un lado de la cabeza. Detrás de la oreja tenía tatuada una pequeña mariposa con unos cuantos trazos de color grisáceo oscuro.

Sea como fuere, ahí estaba, una alta y espigada morena de ojos azules. Se movía de un lado a otro con soltura, recogiendo tazas, poniendo hielo, abriendo una botella de cocacola, poniendo un platito de cacahuetes, metiendo una tapa de oreja en el microhondas…

Al rellenar el recipiente del molinillo de la cafetera cogió un grano de café y se lo metió en la boca haciéndose la distraída. No era ni guapa ni fea, pero tenía el extraño atractivo de quien se sabe mirada.

  • ¡Ay Dios mío, qué vida esta! - Dijo con acento rumano al pasar la balleta por la barra.

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La asesina rota

Sentada en el banco casi pasaba desapercibida, pero a la gente que pasaba a su lado, les bastaba un vistazo para desviar la mirada y apretar el paso.

Vestía una camiseta ajustada de tirantes, se notaba que había sido blanca. Quizá los pantalones de camuflaje desgastados y las botas militares desabrochadas y abiertas hicieran desconfiar. Pero no era eso lo que asustaba.

Una bolsa de deporte negra que descansaba en el suelo, a su lado, atrajo los olisqueos de un perro, que ya dispuesto a marcar su territorio en ella, fue bruscamente interrumpido por un dueño que sin éxito, trató de balbucear un “pe ppe perdona”. Ella ni siquiera desvió la mirada de sus manos.

La música se podía escuchar a través de sus auriculares, demasiado alta y demasiado distorsionada como para reconocer ni tan siquiera el género.

En el suelo, algunas gotas de sangre se escapaban de entre sus dedos. Tenía demasiada sangre en sus ropas y en sus manos. Demasiada para ser suya.

Una sirena se empezó a escuchar en la distancia.

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El barrendero novato

Todos los demás ya llevaban sus carritos con los cubos y cepillos por delante de él. A su espalda las puertas del almacén de limpieza se cerraron. Sonaron como si hiciera mucho tiempo que no lo hacían.

Ya llevaba un rato de pie mirando el mapa de las calles que tenía que recorrer. Tenía la cabeza inclinada, se le había quedado así después del último giro del papel. Buscaba un significado oculto a la red de intrincadas líneas que marcaban su recorrido previsto.

Tenía 53 años y el pelo ya hacía tiempo que era más gris que marrón oscuro. La piel de la cara, maltratada por el aire, el sol y el cemento dibujaba mil caminos de arrugas grandes y medianas.

Levanto la cabeza aunque su espalda se quedó como estaba, encorvada, no le iba a costar ningún trabajo pasarse inclinado barriendo el suelo las próximas 10 horas. Después solo le dolerían los pies, a eso de andar tanto no tenía costumbre.

Llevaba puesto un mono de trabajo de amarillo y verde fosforito y bandas reflectantes blancas, estaba limpio y bien planchado. Así es como hay que salir de casa. Se guardó el mapa en el bolsillo de delante. Se miró el reloj y con un suspiro agarró su carrito con decisión y comenzó a caminar.

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El contable y la entrevista

Su mañana empezó igual que las todas las demás mañanas de los últimos seis años. Ya no tenía ningún jefe al que odiar, por que el último que tuvo le despidió. A pesar de eso ahora le echaba de menos. Mucho. Pero esa mañana no sería igual que todas las demás.

El pelo fue lo primero que perdió después de la dignidad y después del trabajo. Esa mañana le sorprendió verse tan calvo, no recordaba estarlo tanto.

Alfredo tenía 48 años, era contable de una multinacional hasta que le despidieron por “problemas de actitud”. Esa mañana tenía una entrevista, hacía la número cien. Preparó todos los papeles, y repasó mentalmente todos los discursos que había memorizado ya otras tantas veces. Demostraría que era capaz, apto para el puesto, que estaba preparado y muy animado, que trabajaba muy bien en equipo y que era muy proactivo. Todas las características más buscadas.

Se equivocaba.

-Es que no lo podía ni mirar, no sé qué me daba más asco, las pelotillas de los pantalones y el jersey o esos eccemas de las manos, no sé, además tenía demasiada poca presencia ¿no?- dijo la entrevistadora.

Eso oyó Alfredo sin querer, mientras tomaba un café después de la entrevista. La buena suerte había traído a la entrevistadora al mismo bar, justo en el momento en el que había decidido matarla. Eso simplificaría las cosas. -Al menos la parte de matar será más fácil, supongo.- pensó.